El avión comienza a acelerar y el ronroneo poco habitual de las turbohélices se transmite por las alas, el fuselaje, los asientos, dándonos la apariencia de pequeños muñecos que vibraran al son de alguna música ininteligible.
A los pocos minutos, el paisaje de bruma de Saigón y sus cuadrículas de avenidas, calles y hems va quedando atrás dando paso a las extensas llanuras marcadas por el trazo suave del Mekong ramificado y el tiralíneas de los canales los cuales, ellos también, forman otra cuadrícula, esta de arroz y agua.
Unos minutos más y de pronto, la costa. Islas. Agua revuelta porque el monzón, aunque en sus últimos estertores, aún impone su geografía de agua sobre agua, de agua sobre la vegetación exuberante, de agua sobre animales y sobre una pareja en moto que recorre la línea de la costa de Phú Quốc bajo su velo acuático.
Phú Quốc: Parece una joven isla de postal donde comienza a asomar el acné del urbanismo de turista.
Fotos...
el agradable síndrome de Stendhal
Hace 17 años
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