Vivo con un río plácido que se deja caer en el Mar de la China Meridional. No es el más largo ni el más caudaloso pero, como todos los ríos con los que he convivido, tiene una fuerte personalidad, la que le dan los seres humanos que se amontonan en sus orillas y sobre él mismo.
El Guadalete fue escenario de una epopeya que sería utilizada para marcar el inicio de Al-Andalus; el Guadalquivir que dividía aquel territorio del sur en dos; el Water of Leith, menudo, casi imperceptible, sobre el que se asomaban casas de cuentos de hadas; el Sena haciendo de París dos ciudades, la Rive Gauche, la Rive Droite. Hoy es el río Saigón, con sus barcazas de ojos como de cristal para ahuyentar los males y abrir el camino; la vegetación que como un ángel caído flota camino de la desembocadura; el color marrón-grisáceo del agua que, en los innumerables y retorcidos brazos que hacen cosquillas a los barrios de la ciudad, se torna gris plomo.
Este río que camina manso es recibido con ímpetu por su mar. La cópula es a veces tan intensa, como de amantes separados que volvieran a encontrarse a solas, que el mar empuja y empuja y las aguas que debieran bajar se comienzan a esparcer por la ciudad. La época de celo de las aguas dura un tiempo que aún no conocemos. Sólo sentimos el acto de sexo acuoso cuando el agua comienza lentamente a aparecer por Thao Diem para luego seguir corriendo por el Sô 4, rozando tu rodilla.
Aprendemos a vivir con estos amantes. Sabemos que una vez al día van a follar y van a correrse sobre nuestros pies.